Estaban juntos, abrazados, tan sólo quédate un rato aquí, conmigo quédate sólo un rato más, sí, me quedaré, sólo porque tú me lo dices y porque la noche enfría la tarde, y con que tú me lo pidas, con que yo te lo pida basta, aquí, entre edificios y sobre la estación del metro subterráneo, es nuestro mundo, nuestro hábitat, estamos bien aquí, juntos tú y yo, como siempre, les vi sentados en la escalera abrazados, y yo, como siempre, atrasado, siempre llega atrasado a juntarse conmigo y me deja sola, y lejos, siempre, estamos tan lejos siempre.

Vestido de Puntos.

Da la casualidad que los puntos de su vestido, la disposición de éstos, son similares a la proximidad y adyacencia entre aquellos conformantes de nuestro horizonte, y siempre por casualidad, han descubierto ellos que nosotros y que ustedes podemos tal cual pueden suprimirse, la forma de separarse, la forma de eliminarse. Dejar de Ser Yo para pasar a Ser Yo, como el haz de luz penetrante en las que ya de noches nada tienen. Sin nuestras caras, en las que mañana fueron todo y ayer serán nada. En las que NO son noches, mientras pro yectá bamos la vista, mientras pro yectá bamos el destino extendiéndolo como si fuese un elástico, como si hubiese sido, como si hubiese de ser, pero esperen, mientras proyectábamos la vista en la realidad, más que siempre, y el mañana que existe nuevamente.

La prevalencia imperecedera del tiempo

     pre pre pre
      pre valencia                         tiempo

atada/o al despertar
              (al despertar matutino
                              y su sombra)

la de sus largas pestañas [*en mi cuello*]
como si la longitud de su extensión quisiera imitar el horizonte (desmembramiento del...
                             de él)

háceme sentir lo mismo cada tarde, el desmembramiento anaranjado del, mis OjOs puestos en él, y su sombra.

Cuando una novela tan manoseada por agentes cuadriculadores de las letras y del pensamiento estético, hablo directamente sobre aquellos pertenecientes al mundo Analítico Literario, es desempolvada y releída con objetivos estudiosos de resultados inciertos, no me cabe la menor duda que ella sufre, sufre la novela y sufren los habitantes de ella: sufre la ficción.

Manifiesto y exalto el goce que, como escritores, nuestra creación nos otorga en su calidad de hijos sanguíneos, nosotros disfrutamos en equivalencia al disfrute de nuestros lectores, cuando aquello ocurre de manera efectiva, y nos apenamos de igual manera, cuando lo esperado no ocurre, y cuando la comprensión esperada surge del parto del entendimiento en forma de cesárea u otros procedimientos quirúrgicos, y no por alumbramiento natural del proceso reflexivo.

Cien Años de Soledad es una de esas novelas cuya comprensión, sin duda, debe provenir de dar a luz la razón sin intervenciones contra natura, sin embargo, a 41 años de su aparición en el universo, el ingenio humano no se ha cansado de producir espectros mecánicos de esta destacable creación.

En esta oportunidad abocaré mis esfuerzos en procurar romper con esta deprimente situación medieval, cuidando profundizar desde una perspectiva tan humana como lo es el problema existencialista, hilvanando a la mencionada doctrina con las páginas concebidas por Gabriel García Márquez, y estando en ello, explicar qué es lo que sucede respecto al desenvolvimiento de algunos de los personajes situados en ella, particularmente con los pertenecientes a la familia Buendía.

Así pues, el narrador, nos sitúa ante la historia de esta familia, relatándonos sus tiempos primigenios o “prehistóricos” a modo de Racconto de lo que es el hecho desencadenante de lo que podríamos llamar “historia” propiamente tal: la fundación de Macondo, poblado mítico; seremos testigos auditivos de lo que acaece en este pueblo levantado por una tropa de autoexiliados y una pareja fundadora, y de la degeneración de su estirpe para concluir con la desaparición de la misma, siendo así cerrado el ciclo. Nos importan primeramente los sucesos correspondientes a la historia, a lo largo de aquellos años veremos al clan Buendía sumirse en el sino trágico y hereditario que otorga título a la novela: la Soledad; realidad inherente a cada uno de los miembros de la familia, siendo aquí preciso detenernos: son los Buendía nada más ni nada menos que una alegoría a la humanidad entera, como lo es Macondo una imagen de nuestro mundo. Deseo que esta situación eminentemente ligada a la filosofía existencialista quede clara, apoyándome en lo que el viejo Jean Paul Sartre oró en su conferencia “El Existencialismo ¿es un Humanismo?”, manifiesto del verdadero sentir y pensar existencialista. Sea dicho de forma nítida: hemos nacido solos y hemos de fenecer solos. Sin embargo, no es ésta la tragedia del humano consciente de su condición mortal y de su ineludible fin, como han querido proclamar algunos malentendidos en la materia, dando a entender que el existencialismo invitaría a un estado de quietud y contemplación; no, no es así, la real situación angustiante y desesperante, es que el hombre una vez yecto en el mundo, una vez poseedor de existencia corporal, es responsable de Ser, es dueño de su destino y del trabajo consistente en forjar su esencia a voluntad, sea, el hombre comienza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y luego se define; comienza por ser nada, sólo será después, adjunto al paso del tiempo, y será tal como se haya hecho. Así es como cada Buendía al igual que cada uno de nosotros, forja su propio destino en y alrededor de Macondo, más allá de lo que sus nombres involucren, más allá de lo que el esoterismo indique, ellos no son otra cosa que lo que ellos mismos se hacen, y ante todo, lo que se habrán proyectado ser, siendo el ícono de todos nosotros, los humanos habitantes del planeta Tierra. Es menester destacar el porqué de la importancia de realizar un análisis existencialista correcto a Cien Años de Soledad: el pensar existencialista en ningún momento pretende atar al hombre frente a su destino fatídico, por el contrario, y como ya fue dicho, da al hombre una posibilidad de escapatoria, una posibilidad de ser él mismo, distinto a todos los otros hombres en cada una de las opciones o caminos que elige en la vida, haciendo y deshaciendo alternativas, el hombre adquiere esencia. Es ahora cuando quiero mencionar el tema del amor en Cien Años de Soledad, como el tubo de oxígeno que sin cesar buscan los miembros de la redundante estirpe Buendía para poder vivir en paz, sin lograr encontrarlo, sin lograr caer antes a causa de sus propias decisiones. Úrsula Iguarán, la matriarca fundadora, tiene muy clara esta situación, siendo ella la única sostenedora del afecto en la familia, a tal punto que con posterioridad a su deceso, la desaparición de la familia es inminente: a los Buendía les mata su soledad, les mata su falta de amor, pero por sobre todas las cosas los acaba su esencia, la que ellos mismos se forjaron. “Las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la Tierra”: la estirpe humana tiene una única posibilidad de Ser ella misma, y cada uno de nosotros como miembros de ésta, somos responsables de llevar a cabo la realidad que nos proyectamos, solos (soledad de elección), y sin posibilidad de retorno.

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